Imagine que camina por un museo, el suelo cruje ligeramente bajo sus pies. La luz, suave pero inquietante, refleja un caleidoscopio de colores en las paredes, mientras una voz susurra algo. No sabe si le invita o le advierte. Esto es lo que significa entrar en el universo de Laure Prouvost, una artista que no se limita a crear obras, sino espacios psíquicos en los que nos perdemos, reflexionamos, soñamos. Pero, ¿qué nos dice realmente Laure Prouvost? ¿Qué quiere que veamos en su mundo surrealista de vídeos fragmentados, objetos ensamblados y narraciones que parecen deshilacharse y recomponerse como un tapiz en constante movimiento?
La artista francesa, ganadora del Premio Turner en 2013, es una tejedora de confusión y poesía, capaz de envolvernos en un misterio que no requiere soluciones, sino preguntas. A Prouvost le encanta jugar con el lenguaje, doblarlo y distorsionarlo hasta convertirlo en algo casi físico. En sus vídeos, el texto escrito choca con la palabra hablada; las imágenes, a menudo evocadoras e hipnóticas, parecen contar una historia que no puede captarse del todo. Un ejemplo emblemático es It, Heat, Hit (2010), donde el lenguaje se manifiesta como un flujo sensorial que se disuelve en imágenes y sonidos, invitando al espectador a cuestionar su propia percepción. Así pues, nos preguntamos: ¿cuál es nuestra relación con el lenguaje? ¿Sigue siendo un instrumento de comunicación o se ha convertido en un campo de batalla donde se pierden significados y se encuentran nuevas posibilidades? Hoy en día, las palabras nos bombardean desde todos los ángulos, desde las redes sociales hasta las vallas publicitarias: y en esta época, la obra de Prouvost parece recordarnos lo frágiles que son. Sus obras nos desafían a frenar, a contemplar no sólo lo que se dice, sino cómo se dice. Es una invitación a la deconstrucción, una rebelión contra la dictadura de la claridad.
Prouvost no se limita a las palabras. Los objetos, a menudo banales, como sillas, vasos, restos de comida, se convierten en protagonistas de sus instalaciones. ¿No les resultan familiares? Sin embargo, en el contexto que crea la artista, se transforman. Una silla ya no es sólo un lugar donde sentarse, sino un portal a otra forma de ver el mundo. En un mundo obsesionado con lo nuevo, con el progreso tecnológico, Prouvost parece querer devolvernos a la tierra, a la sencillez. Pero, ¿es realmente tan sencillo? Sus obras nos recuerdan que cada objeto lleva consigo un bagaje de historias, recuerdos e incluso traumas. ¿Y alguna vez nos paramos a escucharlas?
La obra de Prouvost tiene una dimensión profundamente física. Sus vídeos no sólo hablan a través de imágenes y palabras, sino también mediante gestos, cuerpos que se mueven por espacios familiares pero inquietantes. Las manos, que se mueven rápidamente, casi como si trataran de captar el significado mismo, se convierten en un símbolo de esa ansiedad contemporánea por entenderlo todo, de inmediato. En The Wanderer (Betty Drunk), de 2011, el cuerpo y el movimiento se convierten en metáforas de búsqueda y pérdida, de conexión y desorientación. ¿Y si no hay nada que entender? ¿Y si el cuerpo, con su inmediatez, es el único traductor verdadero de la experiencia?
Esta dimensión corpórea también se refleja en la experiencia física del visitante. Sus instalaciones, a menudo laberínticas o envolventes, nos obligan a enfrentarnos a nuestro propio cuerpo en el espacio. Atravesamos cortinas, nos agachamos para ver detalles ocultos, oímos sonidos que parecen envolvernos. Ya no somos meros espectadores, sino participantes.
Uno de los aspectos más fascinantes de la obra de Prouvost es su conexión con los sueños. Sus vídeos son oníricos, a menudo surrealistas, y nos hacen sentir como si flotáramos en un espacio entre la realidad y la imaginación. En Deep See Blue Surrounding You, presentado en la Bienal de Venecia de 2019 para el Pabellón de Francia, el artista había creado un viaje inmersivo y multisensorial que mezcla mitología, historias personales y paisajes fantásticos. Pero en un mundo que nos pide constantemente estar presentes, ser eficientes y productivos, ¿qué significa soñar? ¿No es un acto de rebeldía?
Prouvost nos invita a perdernos. Sus obras nunca son lineales ni tranquilizadoras. Sin embargo, hay una extraña intimidad en esta pérdida. Como si nos dijera: “Está bien no saber adónde vas. No pasa nada por perderse”. Hay, pues, algo profundamente humano en el universo de Prouvost. Sus obras nunca hablan desde una torre de marfil: se acercan a nosotros, nos susurran al oído, nos guiñan un ojo. Esta sensación de proximidad es poco frecuente en el arte contemporáneo, a menudo percibido como distante e intelectual. Sin embargo, Prouvost consigue crear una conexión, hacernos sentir parte de algo más grande.
Su estética de lo “hecho a mano”, de la vulnerabilidad, del fragmento, es quizá una respuesta a un mundo cada vez más digital y perfectamente empaquetado. Vivimos en la era de los algoritmos y la inteligencia artificial, y en ella el toque humano de Prouvost es un soplo de aire fresco. Nos invita a reflexionar sobre lo que significa ser humano en un mundo que a menudo parece querer convertirnos en máquinas.
Sus obras son profundamente contemporáneas porque hablan de incertidumbre. En una época de crisis climática, política y de identidad, la incertidumbre es quizá la condición más universal que compartimos. Prouvost la abraza, la celebra. Sus relatos rotos, sus imágenes fugaces, sus objetos enigmáticos no nos ofrecen respuestas, pero nos hacen sentir menos solos en nuestra desorientación.
Y entonces nos preguntamos: ¿es éste el papel del arte hoy en día? ¿Ya no para guiarnos, sino para recordarnos que estamos todos juntos en este caos? Quizá la obra de Laure Prouvost no sea un mapa, sino una brújula enloquecida. No nos señala una dirección precisa, sino que nos empuja a explorar, a sentir, a vivir. En última instancia, Prouvost no quiere decirnos lo que tenemos que pensar. Quiere que nos perdamos en el pensamiento mismo. Y tú, ¿estás dispuesto a perderte?
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